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EL EDIFICIO ROTARIO MAS QUE UNA OBRA MATERIAL, UN CANTO DE AMOR A LA CIUDAD

Por: Juan Ramón Martínez

Cuando lo eligieron los Rotarios, no tenían suficiente conciencia de lo que haría desde la Presidencia  del Club Rotario Tegucigalpa Sur. Lo habían escogido en forma mayoritaria, más por la fuerza y el entusiasmo del grupo que deseaba imponerse sobre sus contendientes, que por los méritos del candidato. Sin embargo, unos pocos días después que tomara posesión de su cargo (fines de Junio de 1974), empezó a mostrar las primeras señales de que no era un Presidente Rotario común, sino que por el contrario, una nueva fuerza que haría hasta lo imposible por sorprender a todos con su capacidad de entregar y su habilidad para lograr objetivos. Elías Lizardo Macías, nacido en Comayagua y establecido en Tegucigalpa en la década de los cincuenta y en la que cursó estudios de Derecho en la UNAH, sabía que dentro de sí tenía una fuerza extraordinaria por la cual podía distinguirse por su obstinación en servir y por la clara intención de lograr resultados inmediatos. Como sabía que no tenía sino un año, después del cual irremediablemente pasaría al olvido, empezó por valorar sus posibilidades de aprovecharlo al máximo. 

Primera medida: Darle cien por ciento de su tiempo al club.

Contrario a lo que habían hecho los anteriores presidentes del club que vincularon sus tareas profesionales, especialmente como ejecutivos de empresas con el cargo, Elías Lizardo tomó la decisión de colocar el cargo en primer lugar de su vida para lo cual  trasladó sus oficinas a la propia sede del club. Aquí, colocó en primer lugar la tarea que se impuso desde el principio; concluir el edificio del club que desde hacía nueve años, los  Rotarios luchaban incansablemente por finalizar. Sus actividades personales, manejo de una finca en Támara y control sobre bienes raíces en la cuidad de Tegucigalpa, pasaron a segundo plano en la vida de este hombre extraordinario que sin los ruidos de una personalidad refulgente, sabía en cambio, cumplir su palabra de hacer el bien para los demás.

Cálculos muy claros, resultados evidentes.

Comenzó calculando el tiempo con que contaba. Precisó una estrategia en virtud de la cual estableció que mediante la construcción y habilitación de los centros comerciales del primer piso, se crearía una palanca económica con la cual impulsar la terminación del segundo y tercer piso. Afanosamente dedicado a su tarea, pasó más de catorce horas diarias en el edificio de construcción. Allí almorzaba y desde aquí daba órdenes para que le manejaran la leche, le cosecharan el maíz en Támara y le cuidaran su lote de ganado encastado de raza Holstein.

Verificó cada ladrillo, calculó cada bolsa de cemento y consultó con los maestros de obra, los Ingenieros del club, y con David Aguilar, el Arquitecto que voluntariamente se transformó en su principal apoyo técnico. Quería estar seguro que las cosas se harían de la mejor manera, tanto para el club como para su propia imagen. Al fin y al cabo, había entendido, en la soledad de un edificio en construcción, que la obra concluida sería un monumento de los Rotarios en su afecto a la ciudad de Tegucigalpa y una constancia suya que cuando se quería servir, se conseguía construir edificios más altos que los deseos de la gente o lograr las proezas que sólo las almas grandes pueden imaginar. 

El Financiamiento: El principal problema. 

Desde los primeros días se dio cuenta que la variable más importante para concluir la obra sería el financiamiento. Por ello, entendió muy bien que tenía que revertir las cosas y en vez de hacer lo que habían hecho los otros presidentes, es decir, conseguir recursos primero para  después invertirlos, él debía proceder a la inversa, construir con préstamos de casas comerciales o de empresas constructoras. Y así lo hizo. Buscó crédito y donde no había quien creyera en la cuestión, les dio su nombre y su respaldo a los compromisos. De esa manera obtuvo financiamiento a crédito de corto plazo con lo cual procedió a construir el piso y el cielo raso del edificio. Logró que la empresa suministradora de pisos le diera no sólo crédito a largo plazo, sino que, además, diseñara un modelo de piso que fuera un ejemplo de belleza, distinción y orgullo para todos. 

Pero como hombre avezado en negocios que era, Lizardo no perdió de vista los ingresos que la experiencia demostraba que el club obtenía anualmente. Por ello se preocupó intensamente en la realización de la Feria Internacional de la Amistad y el Deporte y en el destrabe de la rifa del vehículo que anualmente realizaba el club. Para la primera de las actividades creó comités, animó comisiones y él mismo se involucró en la cuestión. Cuando las cosas empezaron a fallar recurrió al que ha sido su motor, y el de la mayoría de los presidentes del club, Miguel Morazán, y le dio la conducción de todo. En el primer caso, la Feria Internacional de la Amistad y el Deporte dio magníficos resultados y la rifa, despegó igualmente cuando Morazán puso todo su entusiasmo y experiencia en la venta de boletos. Cuando ya tuvo estas dos actividades en proceso de realización respiró tranquilo, por primera vez, porque supo que podría hacer lo que había soñado: concluir el edificio el Club Rotario Tegucigalpa Sur. 

Un proyecto con historia. 

Clementina Suárez fue la de la idea. Convenció a Plutarco Castellanos y a su sobrino, Angelo Bottazzi, que si construían un edificio en el que se montaría una galería de arte, ella donaba su colección particular de pinturas. Y como ambos aceptaron el reto, el Club Rotario Tegucigalpa Sur se comprometió en la tarea en la que el reto era mucho mayor que las posibilidades y la experiencia.

Desde 1987, año en que se comprara el terreno sobre el cual se ha construido el edificio, el esfuerzo ha sido la regla. Nueve Presidentes Rotarios, cada uno a su manera, pusieron su energía para que la obra fuese posible. Uno compró el terreno, otro ordenó los estudios y consiguió que le hicieran los cálculos, otro inició las obras y así hasta el último, Elías Lizardo, que lo concluyó felizmente. La lista es la siguiente: Angelo Bottazzi, Juan Angel Arias Rodríguez, Paolo Rizzo, Enrique Paredes, Plutarco Castellanos, Felipe Antonio Peraza, Guillermo López Gómez, Mario Nájera Ochoa y Elías Lizardo Macías. Cada uno en su tiempo como rezan los dichos populares; pero colocados en la misma dirección, hicieron posible una obra que testimonia el afecto de una entidad de servicio hacia la ciudad de Tegucigalpa. 

Más que un frío edificio, un centro de cultura. 

Ningún otro club de Honduras ha hecho lo que los Rotarios de Tegucigalpa Sur. Esta organización decidió que construiría un edificio  sobresaliente en el cual se centrara una obra cultural en favor de la ciudad más importante de nuestro país. La idea era que bajo la advocación de Clementina Suárez, una de las mujeres más extraordinarias,  sugerentes y retadoras que hayan nacido en Honduras, se pudiera proyectar una corriente de pensamiento trascendente y cultural que le permitiera a la sociedad, humanizar sus relaciones y perfeccionar la calidad de sus habitantes. 

Bajo este criterio, más amplio que el original, una simple galería en la cual se exhibieran permanentemente las obras pictóricas y escultóricas que habían sido inspiradas por Clementina Suárez, Lizardo descubrió  que era mejor el concepto de centro cultural. Cuando uno de los compañeros le sugirió la idea, se aferró a ella con singular entusiasmo. Desde ese momento empezó a soñar con la oportunidad en que los pintores, especialmente los más jóvenes, pudieron exhibir sus primeros trabajos y los poetas su inspiración. Supo que Clementina Suárez había dado una misión a los Rotarios y que éstos la asumían con gusto, entendidos que honrado a la ciudad se honraban a sí mismos  y que celebrando las virtudes intelectuales de la poetisa nacida en Olancho, se celebraban a sí mismos. 

Una inauguración que distinguió a Elías Lizardo. 

El edificio y el centro cultural, ubicados en las cercanías del Supermercado La Colonia (el principal), a pocos pasos de donde funcionara el Banco Centroamericano de Integración Económica y al oeste de la Tienda Carrión, es sin duda alguna un homenaje a la ciudad de Tegucigalpa. Mientras otros se han acostumbrado a exigirle a la ciudad que les dé techo, pan y trabajo, los Rotarios de Tegucigalpa Sur creyeron que debían devolverle algo a la ciudad en donde viven. Por ello el edificio es un homenaje de amor a Tegucigalpa de un grupo de hombres y mujeres amorosos que la quieren y la tienen siempre presente. 

Además el edificio es un esfuerzo para perpetuar la memoria y las tareas por las que vivió Clementina Suárez. Y un testimonio vivo de la capacidad de Elías Lizardo para cumplir su palabra. Por eso es que durante la inauguración a ambos se les honró generosamente.

 

Clementina Suárez

por Miguel Morazan

«He soñado tánto, que a veces he querido
soplar sobre esos sueños y hacerlos florecer,
fundirme en sus fragancias, perderme entre su olvido
y diluirme entre las ondas de un suave atardecer» 

Clementina Suárez era una mujer blanca, de estatura regular, de voz quebrada, descriptible entre grito y llanto. Afamada en su mundo por sus manos y sus piernas, era conocida como una de las grandes mecenas de América.

Era gran amiga de mi suegra, Roseva Zúniga Rosa, quien la describe como una mujer amena y cariñosa, sumamente inteligente. A pesar de su simpatía, defendía sus puntos de vista como una fiera. Ella nació para amar, pero además era muy afortunada, la gente la agasajaba. Clementina tenía una enorme capacidad de adaptación pues ella siempre se acoplaba a todos los grupos sin importar la diferencia de edades. Era una mujer más fea que bonita pero con un atractivo como pocas para lograr que tantos pintores la dibujaran.

Tuve la suerte de departir con ella en diversas ocasiones y de levantar apenas el primer velo de lo que fue una vida excitante y única. Siempre charlábamos sobre mi abuelo, el profesor Miguel Morazán, otro gran y ejemplar hondureño que por una u otra razón también emigró para ensanchar sus horizontes.

 

Hija del hogar formado por Luis Suárez Araya y la gran terrateniente, Amelia Zelaya, era una de las cinco hijas del matrimonio junto a Lola, María Luisa, Rosa y Graciela. Nacida en Juticalpa, se crió en un ambiente eminentemente burgués y señorial, en casa feudal con amplias salas y corredores asentada en fértil valle. Era una casa de latifundistas regidores de la sociedad y la cultura de su tiempo, algo que a ella le chocaba pues no le gustaba el señorío ni el hábito severo; odiaba el gesto desdeñoso y el tratamiento de ama. 

«No, no, no
Este no es mi mar
ni éstos son mis ojos.
En estas aguas los niños están muertos
y los vientres de madres comidos de gusanos». 

Y es que desde niña ella era diferente a los demás incluyendo a sus hermanas, pues se interesaba en cosas que ellas no podían compartir. Las estrellas y la naturaleza misma cobraban un significado hondo y especial que los demás no podían apreciar, pues se había creado un mundo interior, un mundo de sueños fantástico donde sólo tenía cabida su imaginación. La plática adulta le resultaba más interesante y le enseñaba más que la infantil; por lo tanto se fue criando y viviendo como aislada, diferente, sin comunicación. Por eso decidió escaparse del fértil valle natal, y cantar libremente.

«Es crimen hablar de estrellas
cuando hay que limar cadenas» 

Todavía muy joven, en su primer viaje se fue a México, donde se relacionó con lo más evolucionado en el mundo intelectual, pudiendo colarse con los literatos españoles que emigraban después de la Guerra Civil de su país. 

Su interés por el mundo de los escritores, le hizo penetrar en el mundo maravilloso de la pintura, con el cual ya tenía un nexo interior. Se hizo amiga de Diego Rivera, quien le pintó un retrato. 

Tuvo el estímulo del gran escritor Miguel Angel Asturias, coincidiendo también con Pablo de Ludar, personajes decisivos en su vida pues le prestaron todo su apoyo y estímulo  para que floreciera en su poesía. 

Tenía un dominio total en el verso y la prosa, y daba rienda suelta a su imaginación y a sus sueños por medio de la pluma. Luchaba contra el convencionalismo social por considerarlo arcaico, insolvente y mediocre según lo que narraba Medardo Mejía. Definía la poesía como su única auténtica expresión, para revelarse y dar limpio testimonio de la época en la cual vivía; para tener su mundo interior que era su mayor fortaleza. 

No era un poeta más, y como se expresaba Augusto C. Coello «un poeta verdadero y hondo, con la hondura y la verdad que dan siempre el dolor y la emoción». Su «Corazón Sangrante» y “Creciendo en la Hierba” la colocaron entre los grandes de su tiempo y la hicieron trascender los umbrales de la inmortalidad. Según Julián López Pineda era «la presencia de un gran poeta en el alma de la mujer hondureña». 

Fue una enamorada del amor, y lo continuó siendo hasta su muerte. Amó profundamente, pero no amaba a la persona en sí, a sus amores los fue dejando a un lado de su vida. 

Respecto a la mujer opinaba con firmeza: «no tengo ningún temor a la muerte; quiero vivirla más porque mi vida no es inoficiosa. Cada día que se prolonga mi vida, realizo nuevas cosas. Exactamente lo que he hecho hasta hoy, si volviera a nacer, repetiría la vida exactamente como la he vivido». 

« Vida que brotaste de un milagro divino
que supiste del beso de la inmensidad
quiero como tantos cumplir con mi destino
Y saciar mis anhelos y calmar mi ansiedad». 

Jesús Castro la describía con «la franca desnudez de la luna que sumerge su blancura casta en el temblor alucinado de los lagos, como un anhelo de lustración». Y fue eso precisamente lo que captaron los grandes poetas y literatos de su época, y los grandes maestros que retrataron su personalidad en las distintas etapas de su viajar interminable. Era como dice Quino Caso «la embajadora de la poesía pues adonde llega, a la hora que llegue, y como quiera que llegue, lleva consigo las credenciales de la poesía, para hacerse presente y mostrar sus espirituales y sensoriales poderes». 

Su colección de retratos incluyen a famosos de Costa Rica, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, México, Honduras, Cuba, Paraguay, España, Estados Unidos, Italia, Francia, Argentina y Chile. La mayoría de estos cuadros podrá ser admirado por los hondureños muy pronto en la galería de arte que llevará su nombre y que está por finalizar gracias al esfuerzo decidido y que en su memoria, ha desarrollado el Club Rotario Tegucigalpa Sur. La primera piedra de este edificio la colocó la misma Clementina junto a sus hijas del alma, Silvia Rosa y Alba Rosa. 

Esta iniciativa nació de la relación médico-paciente de Clementina con el doctor Plutarco Castellanos, socio de este club Rotario. En una de sus tantas pláticas ella le comentó que donaría sus cuadros a una institución que se interesase en construir una galería de arte que llevara su nombre; más de cien lienzos que distintos pintores del mundo le habían dedicado a esta musa. 

El proyecto fue abrazado inmediatamente por el club. Su sobrino, Angelo Bottazzi Suárez, entonces Presidente, compró el terreno e inició las rifas tradicionales para consecución de fondos (desde un principio bajo la gran promesa que esos fondos serían destinados para esta galería) y el Arquitecto Fernando Martínez, gran amigo y quien siempre apoya las actividades Rotarias, donó los planos del edificio para rendirle en su nombre, un pequeño homenaje a la gran poeta.  

Los siguientes Presidentes, Juan Angel Arias y Plutarco Castellanos, unieron fuerzas para conseguir fondos y así respaldar el contrato firmado con Consultecnia por parte de Enrique Paredes, y construyeron la parte estructural. Felipe Antonio Peraza, también parte de la familia de Clementina, reforzó la acción de consecución de fondos mediante las Ferias Internacionales de la Amistad y el Deporte, quien junto a Guillermo López y Mario Nájera construyeron el tercer piso y la terraza. El edificio hoy está por concluirse gracias al respaldo del crédito personal del actual Presidente, Elías Lizardo Macías. 

Clementina nos fue arrancada de la vida en 1991, honrando su palabra y dejando a nuestro club su colección de retratos. Se llegó a un acuerdo entre sus hijas Silvia Rosa y Alba Rosa y el Club Rotario Tegucigalpa Sur, representado en mi persona, para que sus restos fuesen sepultados en Tegucigalpa para que ella estuviera siempre cerca de su galería: su gran sueño, su gran anhelo, su gran pasión. 

En el segundo piso funcionará la Galería de Arte Clementina Suárez, como un legado a los habitantes de Tegucigalpa, y que además fomentará la cultura en general y en especial las artes plásticas. El espíritu de Clementina se perpetuará en el ámbito artístico dentro del cual ella siempre vivió. El día de su cumpleaños, y el día de su muerte, debe ser el punto de reunión para honrar la memoria imperecedera y el inmenso talento de un ser que luchó por el arte, la cultura de Honduras y América, siempre respaldada por su profundo amor a su patria. 

Su vide fue un reflejo fiel de sus poesía:

 

“Mi vida era un claro y encantador remanso,
donde la luna pálida tomaba su descanso.
Mi vida era tranquila como el árbol del camino
que busca en el claro cielo la luz de su destino.
Mi vida era a manera de arroyo canturriante
que va por entre malezas alegre y delirante.
Sobre sus aguas claras, risueñas y sencillas
caían suavemente las hojas amarillas”.